La alegría del aleteo de sus brazos era contagiosa. Hugo era todo gozo, todo diversión y «únicamente» se estaba comiendo una papilla de manzana y avena.
A cada cucharada le surgía una risa cristalina y sus ojos oscuros y profundos me miraban de una forma tan libre que me conmovían, llenando todas las esquinas, recodos y huecos de mi alma.
Eran ojos laaaargos, que no hacían preguntas y que no daban respuestas.
Y botaba. Su pequeño cuerpo, tan puro y tan humano se doblaba y alargaba a un ritmo preciso, arriba y abajo, arriba y abajo, pam pam pam pam…,en una danza simple y hermosísima.
Dejaba rodar su pelvis y que su columna la siguiera. Su cabeza iba y venía, sus piernas y brazos lo acompañaban todo. Aquella era la expresión del puro contento.
Y yo, desde el otro lado de la cuchara, estaba contentísima también!






