Tuve una época divertida y “loca” en la que me dio por aprender a bailar flamenco. Asistía a una escuela en Madrid de mucho prestigio, por donde se paseaban brillantes alumnos y también maravillosos profesores.
Recibía las clases de técnica de una antigua bailaora, ya mayor, que las daba sentada y a ritmo de bastón nos enseñaba como hacer sonar unos zapatos flamencos, como girar, como revolear nuestras manos con gracia y muchas otras artes. Casi nunca se levantaba de la silla, pero cuando lo hacía en sus pies había pajarillos, al igual que en sus castañuelas que más que flamencas parecían africanas.
No hablaba mucho, pero decía cosas que se me quedaron grabadas. Cosas que ahora tienen un gran sentido para mí, pero no por aquel entonces. Me pregunto por qué las atesore…
Decía frases tales como que lo bien aprendido se queda grabado, que nunca más se olvida y que siempre se puede echar mano de ello. Decía que hay gente fina por fuera pero que son pesados por dentro y no pueden alcanzar velocidad taconeando y sin embargo hay gente gruesa que casi ni tocan el suelo al bailar tal es su sentimiento de ligereza interna. Tenía tan claro el ritmo dentro de sí misma que era capaz de enseñar a bailar sin menearse. Podría haber sido ella…pero no, no fue ella quién me dio mi primera Integración Funcional.
Un día asistí a una clase de coreografía con una profesora joven, espabilada, algo nerviosa, un pequeño torbellino. Yo ya sabía muchas cosas así que pensé que había llegado el momento de empezar a bailar de verdad.
Nos enseñó una pequeña coreografía que terminaba con una de esas figuras propias del flamenco. Si os gusta y habéis asistido a algún espectáculo seguro que sabéis a qué me refiero.
Era una imagen muy elegante y digna. ¡Qué bien lucía!. La copié, la imité en todo: el pie aquí, el brazo allá, la cabeza, el tronco, la rodilla. Todo lo puse siguiendo la misma configuración, sin embargo yo me sentía “desparramada” por dentro. Esa no era una sensación elegante y digna y desde luego tampoco lucía bien.
Aquella chica me lanzó una fugaz mirada a través del espejo y al segundo estaba a mi costado. Y rápida como era, me “recolocó”, me dio una información enormemente precisa. Movió mi pelvis sólo un poco y mi cabeza otro poco, señaló algo en el pecho, algo más en un brazo y en las piernas. ¡Y me convertí en una marioneta en sus manos!
Y Olé! ¡Ahora sí que experimentaba algo de ese poderío y vitalidad! Fue un pequeño milagro: su claridad encontró mi apertura para aprender.
Esa fue mi primera sesión de Integración Funcional y siempre recuerdo como se siente, simplemente al agitar mi falda.






